El Club De Los Ositos Sin Pantalones – Capítulo 3 “Botellita de Cerveza”

“Botellita de Cerveza”
#ECDLOSP

Noche de Sábado, realmente nuestro plan era quedarnos en casa y no salir, el frío estaba insoportable. Veía una película, metido en la cama, con un sudadero grueso y unos pantalones deportivos muy cómodos. Sonó el teléfono.

– Sí … Aquí en la casa … Ya sabes, con frío … Ahí anda acostado, yo estoy horneando unas galletas … Sí, ya sé, aquí te guardo un par … Sólo café y lechita caliente … Pues sí quieres … ¡Órale! … Bye, bye.
– ¿Quién era? – le grité desde la recámara a la sala.
– Era Poncho, que viene en un rato con Robbie y Mau, porque están aburridos.
– Pero estoy acostado y calientito en mi cama … ¡Bueno! ¡Ahorita me levanto! ¡Pero ya quiero galletas! – volví a gritar desde la recámara a la cocina.

No me sentía en el humor de fiesta, pero tampoco en la amargura o flojera totales, así que me di un baño caliente. Decidí no rasurarme, ya tenía varios días sin tocarme la barba y parecía vagabundo.

Al salir del baño, pude percibir el aroma a galletas que emanaba hipnóticamente desde el horno, ya quería probarlas. Me estaba secando cuando escuché el timbre.

-¡Abre por fa’! ¡A penas salí del baño! – volví a gritar, esta vez más fuerte.

¿Pues en dónde estaban cuando llamaron? ¿En la esquina?, pensé.

– No mames, estábamos en el Superama de la esquina y de verdad que el frío está tremendo ¡Todos estaban comprando chupe! – dijo Poncho mientras ponía un par de bolsas en la mesa.
– Compramos poco, unas Dos Equis, un Bacacho y tenía un poco de Johnny en la casa por si ocupan … – explicaba Robbie, mientras saludaba a Pepe.
– ¡Ay, huele bien rico! – exclamó Mau, con su distintiva efervescencia.
– ¡Sí! Creo que nunca había usado el horno y vi en la tele la receta esta de las galletas que venden en Palacio, y siempre las había querido hacer …
– ¡Hoy es el día! – dijeron al mismo tiempo Robbie y Mau, sé sonrojaron y rieron.
– Bueno, ustedes hasta para contestar lo hacen juntos … ¡Huevisimil, eh! – susurró Poncho mientras se dirigía a la barra de la cocina para servirse un trago.

Traté de vestirme lo más pronto posible, traté de no verme tan fachoso, pero la ropa cómoda y holgada “me llamaba” esa noche.

Elegí otros pants, una playera nueva que tenía por ahí y un hoodie. De tanta prisa olvidé el desodorante, también olvidé ponerme ropa interior.

– ¡No, bueno, tú en el glamour total! – exclamó Mau.
– Es Sábado, no es quincena, ni desconocidos por apantallar … Así que … – me acerqué a la sala y saludé a Mau y luego a Robbie. Ambos me correspondieron el saludo con un beso en los labios.
– ¡Hola barboncito! ¿Te sirvo una? ¿O mejor chela? – sonriente, como siempre, ofreció Poncho.
– Mejor te acompaño con ron, pura Coca
– ¿Con hielo?
– Si, con tres …
– ¡Para el frío! – contestaron juntos nuevamente Robbie y Mau.
– ¡No, bueno, ustedes ya … Hasta aquí! – replicó Poncho, aparentemente irritado, pero en un tono cómico, mientras daba un sorbo a su bebida.

Pepe se dirigió a la cocina, aún sin bebida en mano, sacó las galletas del horno, eran 20. Las extendió sobre la barra, en una charola. Las dejó ahí, enfriándose rápidamente. Se acercó a la sala, se sentó en su cómodo sillón negro de piel y destapó una cerveza.

– Hoy vamos a escuchar un CD en MP3 con canciones de antaño, no sirve el cable para conectar los teléfonos – me acerqué al estéreo y le di “play”.
– ¡Mejor así! Porque éste siempre las cambia a la mitad y nunca deja nada completo – Robbie se refirió a Mau, al tiempo que le “picaba” la llantita.
– ¡Ay, tú en “noventas” a todo! You gotta lick it, before we kick it … – Mau comenzó a seguir la letra de la canción mientras chupaba la boquilla de la botella de su Dos Equis.
– ¡No antojes, que llevo un buen sin “cerveza”! – exclamó irónicamente Poncho.
– Si quieres algo calientito y cremoso, ahí hay café y Coffee Mate ¡Sírvete, con confianza! – contestó Pepe.
– Te voy a tomar la palabra, pero más tardecito … – guiñó el ojo pícaramente.

La conversación fue fluida, como siempre, entre ronda y ronda, se nos iba quitando el frío. Nadie había tocado las galletas aún, sólo las botanas que habían comprado y que estaban en la mesa.

Nuevos trabajos, cambios de vivienda y las anécdotas diarias de la vida de un adulto joven no eran precisamente los temas más adecuados para levantar el ánimo esa noche. Por suerte, y sin rodeos como es su costumbre, Poncho propuso un juego.

– O sea ¡llevo tres cubas al hilo y nomás no pasa nada con mi espíritu candente! Como que se congeló o así ¿les late si jugamos, no se, “botella“?
– ¡Con la música que puso éste, está muy ad hoc con el mood prepo que nos cargamos! – exclamó Mau, con algo de ironía.
– Sale ¿Quién va? – tomé una botella de cerveza vacía, limpié el centro de la mesa y la coloqué ahí.
– Tú ¡gírala! – dijo Pepe – mientras voy a tapar las galletas.
– Va, que sea de “verdad o reto”, al que le toque la puntita, a ese le toca … – emocionado, Poncho se acomodó en su asiento, listo y demás ansioso para jugar – pero recuerden que yo soy más de retos, las verdades me dan un poco de hueva.

Nos acodamos todos, estábamos alrededor de la mesa de centro en la sala. Pepe llegó con la charola de galletas y una ya en la boca. Las dejó ahí por quien apeteciera.

Giré la botella. Poncho le preguntaba a Mau.

– ¿Verdad o reto?
– Verdad.
– ¡Ash! Bueno … Déjame pensar – tomó un trago generoso de su bebida– ¡Ah sí! A ver, ya, díganme, ustedes dos –señalando a Mau y Robbie– tienen muchos años juntos, pero últimamente los vemos por ahí medio saliendo con más personas ¿Ya son pareja abierta?

Ambos se miraron a los ojos, se pusieron rojos y Mau contestó:

– ¡Ay, qué pregunta! Hasta se me fue la galletita! ¡Muy buena, por cierto mi rey! …
– ¡Ya contesta chingao! – gritó Poncho, eufórico por saber.
– Pues no somos “abiertos” como tal, más bien somos coquetos. Y sí, nos ven saliendo con todo mundo pero no son nuestros novios, eso ya es muy “avant-garde”. Solamente nos divertimos sanamente, un besito por aquí, uno por allá …
– ¿Me darían un beso los dos? – interrumpió Poncho.
– ¡Espera tu turno! – Mau guiñó el ojo, terminó su galleta y tomó la botella para girarla.
– ¡Vas tú, Barboncito! ¿verdad o reto?
– ¡Reto! – lo dije seguro, me erguí en el sillón, tomé un trago de mi deliciosa cuba y me dispuse a escuchar algún clásico reto retorcido por parte de Mau, él era el experto.
– Bueno, aprovechando la barba, y el frío que hace, vas a elegir a uno de los participantes y se la vas a restregar de forma SENSUAL en la cara por diez segundos … ¿A quién eliges?
– ¡A tu novio!

Todos se como que se despertaron, la decisión les tomó por sorpresa. Una grata y voyeurista sorpresa. Sabían que soy un jugador arriesgado.

Me acerqué a Robbie, él inclinó hacia la izquierda su cabeza, dejando libre su nuca. Su rostro estaba rojo como tomate, pero la pena no ocultó su emoción. Nos atraíamos. Lentamente pasé mi mejilla peluda por la suya, como para romper el hielo; rocé con mi mentón su nuca, seguí pasando mi rostro por el suyo al tiempo que el tiempo corría. Pude percibir su aroma, era intensamente dulce, quería morderlo.

– ¡Díez! ¡Ya, se acabó el tiempo! – exclamó Mau, quien nos veía atentamente mientras su cuerpo reaccionaba ante la escena.
– ¡Hueles rico! Como a galletas de vainilla – dije.
– ¡Toda la casa huele a galletas de vainilla, corazón! – replicó Pepe – ¡De nada!

Se alborotó el ánimo y Robbie giró la botella.

– ¡Yo te lo pongo a ti ahora !
– Yo sólo contesto verdades …
– Bueno, entonces dinos ¿A quién de los participantes quisieras echarte al horno ahorita mismo?
– ¡Huy, qué difícil! – tomó otro sorbo de cerveza mientas pensaba – ¡A Poncho!
– ¡Claro, a huevo! ¿Me sirvo otra o ya me meto al horno? – emocionado y con los ojos iluminados, exclamó.

Poncho se levantó de su asiento, fue a la cocina por más hielo, encendió un cigarrillo, se sirvió otra un poco más cargada y giró la botella.

– ¡Qué coincidencia! Tú me lo pones Pepe…
– ¿Verdad o …?
– ¿Qué dije de las verdades? Ya vayan pensando en mis retos, nada de “salir y gritar que se quemaron los frijoles” por favor.
– Bien … ¿Tienes frío?
– Poco.
– Bien … Levántate y, delante de todos, te abres la camisa, nos enseñas el peluche y los piercings que tanto se notan a través de la tela.
– OK.

Poncho se levantó, seguro de sí, se colocó de frente para que todos pudiéramos ver, se desabotonó la camisa blanca que traía puesta y nos dejó ver su pecho peludo y sus pezones rosas perforados. Estaban rígidos por tanto frío, pero no le importó. Llevó a la boca su dedo índice derecho, lo humedeció un poco y lo rozó contra las piezas brillantes de plata.

– ¡Ay, hasta “pilón” nos tocó! ¡Tú muy bien mi rey! – dijo Mau, quien ya empezaba a verse un poco sonrojado por el alcohol y el espectáculo.
– ¡Me toca girarla! – Poncho se sentó en su lugar, sin abotonarse la camisa.

Ahora le tocaba elegir a Mau.
Mau tenía una picardía nata, era “alma de la fiesta”. Es de esas personas con las que estás en una reunión y simplemente la aviva con sus comentarios y risa a carcajadas. Esa noche, aunque se sentía cómodo con la compañía de sus amigos, todos podíamos notar una tensión con Robbie (quien usualmente era muy callado hasta que se le subían copas). Nunca mencionaron el asunto, es cosa de pareja, abierta o cerrada, pero de dos.

– ¡Ajá! ¡Otra vez tú, pero ahora te lo pongo yo!
– ¡Pero no te pases Mauricio! ¡Ya te conozco!
– ¡Y todos a ti! Así que, tu reto será bajarte los pantalones con todo y calzón, y bailar como lo hacías en ese video que nos llegó a los celulares hace tiempo …
– ¡Ah no! ¡Eso ya está muy pasado de verga! ¡Estaba pedísimil, en un hotel, con dos nalguitas y …! ¡No! ¡Tan “así” no! – muy indignado, Poncho se terminó de un trago su bebida. Por dentro, todos sabíamos que era sólo un acto. 

Poncho es muy atrevido, pero no es irrespetuoso de ninguna manera. Es un “niño bien” en toda la extensión de la palabra, pero su vida sexual y sentimental fueron expuestas explícitamente por un ex, que de coraje y ardor, compartió vídeos íntimos de ellos involucrados en diferentes escenarios sexuales muy comprometedores. Como sus amigos, los vimos, pero no juzgamos mal a Poncho ¡Es normal! Todos tenemos sexo y aventuras, pero no todas son del dominio público de un círculo social tan grande pero tan reducido a la vez, como el nuestro.

Muy a su pesar, Poncho se sirvió otro trago, ahora de Whisky, derecho. Se levantó del sillón, se puso frente a todos nuevamente, se bajó los pantalones ajustados que llevaba junto con sus bóxers blancos, se dio la media vuelta y empezó a “bailar” como en aquel infame video.

Le gustaba ser el centro de atención, se movía a la cadencia de la música –que para colmo era una de esas calenturientas-, nos miraba de reojo mientras pasaba sus manos sobre sus nalgas peludas. Bajaba y tocaba sus muslos, mientras nos volvía a mirar a todos. Él estaba en el papel, se entregó al reto.

Fueron segundos quizás que se nos hicieron eternamente excitantes. Finalmente término su “número” pasando sus dedos por entre sus nalgas redondas y blancas, abriéndolas un poco y reventando nuestros pantalones muy discretamente; sopló un beso coqueto al aire, se subió los pantalones y se volvió a sentar.

– Bueno, total, ya me conocen en video en todas las posiciones ¡Ahora les tocó el show en vivo y a todo color! Me toca girar…

Todos estábamos prendidos. No podíamos ocultar demasiado la reacción de aquel baile provocativo. Menos yo, pues el pants no es el mejor amigo de esos momentos.

– ¡Te toca a ti Barboncito! ¿Reto o reto? ¡Hay que aprovechar la “el momento”!
– No, pues ya, reto…
– Muy bien, te vas a bajar también ese pants, y vas a pasar de izquierda a derecha de los participantes y como vulgarmente se dice, “se las vas a dar a oler”…
– ¡Ay no mames!
– Trataré de no…

Con toda la pena del mundo, me levanté, ya me sentía mareado, pero aún excitado. Era una prueba rara, sobretodo con ellos, pues si bien he estado en situaciones similares, no había sido con ellos que eran amigos más cercanos, ni con la luz encendida. Pero pasé. Me bajé el pants y todos notaron que no traía ropa interior. Robbie lo comentó, tímidamente pero todos lo escucharon.

Me puse frente a Poncho, quién se acercó y sentí su agitada respiración en aquel lugar. Fue un breve momento y nada más pasó. Luego me paré frente a Mau, quien lo tomó con una mano y cerrando los ojos, como aspirando un inhalador, jaló aire con una cara de satisfacción, terminó inclinándose hacia atrás. Robbie, que estaba muy pendiente, dejó ver su emoción también y sin pensarlo lo tomó con la boca. Sentí su calor fuerte y, también sin pensar, lo tomé por el cabello y lo empujé hacia mi. Mau nos veía sin pestañear. En un segundo, Pepe se acercó y, según él, para no perder tiempo, se unió a Robbie con un beso doblemente especial. Sentí ambas lenguas jugueteando entre sí y conmigo, sentí la mirada nerviosa y excitada de Mau y sólo escuché cuando Poncho dijo:

– ¡Ya cabrones, se lo van a acabar!
– ¡Lo bueno es que era oler, pero estos ya literalmente se la mamaron! – exclamó Mau, mientras se acomodaba apropiadamente.

Me subí el pantalón y fui a mi asiento. Moría de calor.

En un segundo pasamos de los retos a las verdades, para bajar un poco el ímpetu.

– A ver Mau ¿Qué es lo que más te gusta que Robbie te haga? – pregunté, después de girar la botella.
– Esa es difícil… Lo que más me gusta es cuando se pone unas calcetas de soccer muy largas, blancas con unas rayitas rojas y se tumba sobre su espalda en la cama levantando las piernas para que le coma …
– ¿Galletas? ¿Alguien quiere más galletas? – interrumpió Robbie, apenado por la confesión.
– Me gustaría probar esa galleta específicamente – susurró Pepe.
– ¡No es tu turno! Pero bueno, ya quemaste una de tus verdades y será un reto para ti por adelantarte – reparó Poncho.
– ¡Sí,sí, Pepe nunca acepta retos, ahora que se chingue! – dijo Mau.
– Yo se lo pongo – me aclaré la garganta y proseguí – vas a bajarle el pantalón a Robbie, y le vas a dar una buena mordida a sus “galletas”, para que no te quedes con las ganas…

Ambos, Robbie y Pepe, se sonrojaron a tal grado que no pidan respirar. Se conocían desde la preparatoria, tenían la misma edad y los mismos gustos. Eran buenos amigos pero no los mejores. Siempre habían tenido una química juntos muy especial, se atraían pero ninguno se interesó de manera tal en el otro.

Mau no era celoso, incluso él fue quien le propuso a Robbie que incluyeran más personas a su dinámica sexual, por lo que la escena no le incomodaría en absoluto.

Robbie se levantó, renuente por fuera pero dispuesto por dentro. Se bajó los jeans, pero dejó su calzón puesto. Era uno de esos “cacheteros” que realmente no dejaba nada a la imaginación. Le quedaba muy ajustado y acentuaba muy bien sus redondas nalgas.

Pepe se acercó y se agachó para estar a la altura correcta. Mordisqueó el resorte y lo dejó regresar, golpeando un poco la cintura de Robbie. Esto hizo que levantara más el trasero. Pepe lo tomó con ambas manos de las piernas y se hundió en su ropa interior. Ambos disfrutaban la escena, todos de hecho. Pepe mordisqueo cada lado como indicaba el reto y finalmente se levantó con una sonrisa enorme.

– ¡Estas galletitas huelen delicioso! Deberían hacer un Glade en tu honor.

Robbie se apenó mucho, pero sabía que ese aroma fuerte y varonil era uno de sus mejores atributos. Se sentó y no se subió el pantalón. Fue el primero de la noche en no hacerlo.

Pepe giró la botella. La boquilla estaba justo entre Poncho y Mau.

– Este va a ser reto doble. Ambos elegirán a otro participante para unírseles en un beso triple, después de haberse besado con mucha lengua por diez segundos.
– ¡Tú! ¡Vente pa’ca!

Mau se le acercó rápidamente a Poncho y sin pena, comenzaron a besarse. De verdad que usaron lengua. Movían la boca de forma tal que parecía un beso de película porno. Se tocaron las manos y al juntarlas me jalaron para unirme al reto.

Me encantan los besos triples, son muy excitantes y traviesos. Todo esta hecho para dos, pero cuando llega un tercero, la emoción también de triplica al sentir dos lenguas más que saborean la tuya. Los tres sabíamos lo que hacíamos, no era la primera vez de nadie. Nos conocíamos literalmente hasta las amígdalas, pues un tiempo salí con Poncho y Mau era nuestro dentista. Sabían a licor y cerveza, ambos besaban mi rico y apasionado; y aunque sólo era un reto de veinte segundos, quizás nos tardamos un poco más.

Pepe y Robbie nos veían con atención. Robbie sin pantalones mostraba su fascinación al ver a su novio involucrado en un trío de besos. Pepe, sin pudor ya, se sobaba por encima del pantalón mientas Robbie lo observaba de reojo. Por un momento sus rodillas se rozaron y eso creó otro momento excitante entre ellos dos. Pero no se dejaron llevar por la escena y ambos mantuvieron todo cubierto – aunque expuesto de alguna manera.

Nos juntamos de manera tal que sentíamos el cuerpo de los otros y sus respectivas reacciones. Mau, impulsivamente, llevó su mano por debajo de mi pants y pudo sentir lo húmedo que ya estaba. Poncho lo notó y metió su mano también. El libre acceso les permitió estimularme de manera tal que, aún a punto de explotar, los retiré muy a mi pesar y así si por terminado el reto.

– ¡Bravo! De verdad bravo … – suspiró satisfecho Pepe al ver el éxito de su prueba.
– Yo no sé ustedes pero yo me voy a quitar el pantalón, ya me aprieta mucho – dijo Poncho, al tiempo que desenganchaba su cinturón y se deshacía del ajustado pantalón. 

Sus calzones blancos de lycra marcaban perfectamente todo, incluso se transparentaba la parte más abultada por tanto lubricante que emanaba de ahí.

– ¡Ya los extrañaba cabrones! De verdad que con ustedes siempre la paso de lujo, porque estamos en confianza ¡Y se que nadie me va a grabar! ¡SALUD! Yo la giro ahora…

Me tocaba preguntarle a Robbie, pero no se me ocurría nada tan revelador para hacer o contestar.

– Ya todos hicimos algo, ahora todos vamos a contestar algo ¿A quién de nuestros amigos conocidos en común que no esté aquí, se quisieran echar fuertemente?

Mi pregunta era aparentemente fácil, pero generó una buena discusión. Poncho, sin pensarlo tanto dijo:

– A “Leoncito” … El de los “PopBears”.
– ¿Ese quién es? – preguntó Mau.
Leonardo, es de la bolita de los “populares” del bar, uno de un novio que está ¡Delicioso! Raúl, creo que se llama así, le dicen “Rul” – contestó Robbie.
– ¡Ah! Claro, ya… No ubicaba bien el nombre pero sí, esos dos…
– ¡Y su amigo, un norteño grandote! – agregó Pepe – se llama Dominique, “Nique”, le dicen.
– ¡Sí! Todos ellos… ¡Directito al horno! – dije con emoción, como si nos lleváramos de pellizco y nalgada.
– Pues para la otra, los invitamos, todos aquí en privadito y hacemos una convivencia más ecléctica ¿no? – concluyó Poncho. 

Eran las 3:30 de la mañana, el frío ya no se sentía tan duro. Ya casi nos acabábamos la reserva de alcohol y, la verdad, nadie saldría en esas condiciones a comprar más.

– Bueno, ya para acabar con el jueguito, los que faltan, tómense un Whisky derecho y bájense los pantalones, para estar todos igual – propuso Robbie, quien ya estaba muy acalorado y sin inhibición alguna. 

Pepe y Mau accedieron de inmediato. Mau tenía un pantalón de vestir algo apretado, del cual se deshizo en un pestañeo. Su ropa interior era una trusa negra que dejaba ver su prominencia en esplendor. Mientas que Pepe, un poco apenado, se bajó el pantalón de mezclilla para quedar al descubierto un jockstrap muy deportivo y que dejaba lucir su redondo trasero.

– O sea, tú casual, sábado en la noche, en tu casa, horneando galletitas ¡En Jockstrap! – exclamó Mau.
– Pues sí, ya ves, así de útil y puerco a la vez.

Yo no quería bajarme el pants porque no traía ropa interior e iba a estar en gran desventaja. Una fiesta de “calzones” casual, se convertiría en una nudista intencional.

– ¿Tu qué? ¿No? – preguntó Poncho mientras sostenía su última copa.
– Es que…
– ¡No trae calzones! ¡No trae calzones! – dijo Mau, con su clásico tono “molestón”.
– No, no traigo, y si me quedo en pelotas es solamente por que ya me iría a la cama…
– ¿Y cuál es el problema? ¡Vámonos todos a la cama! – propuso Poncho, muy emocionado.
– Pues vamos…

Nos levantamos de la sala, apagamos la luz, subieron hacia la habitación, mientras yo me quitaba los pants en la escalera.

-Elesban Espinosa

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El Club De Los Ositos Sin Pantalones – Capítulo 2: “Tequila a Pelo, a Caballo”

– ¡Hola, mucho gusto! Soy Lalo, bienvenido a la …
Mientras se presentaba conmigo, muy formal, llegó un cabrón y le bajó el pants, dejándolo un poco al descubierto. Por reflejo, al instante, se puso ambas manos al frente para cubrirse; al instante, pasó de ese color blanco al rojo más intenso en su rostro. Volteó entre apenado y enojado, gritando:
– ¡Vas a ver hijo de la chingada, me voy a desquitar cuando pueda! – Levantaba el puño, una vez que se había subido el pants de nuevo,
– No te fijes, yo no me fijé… – le dije sin poderle sostener la mirada. 
– Bueno, ya, te decía que soy Lalo, bienvenido a la Universidad. Como verás, somos muy llevaditos.
– ¡Lo noté! Digo, no noté nada…
– Ya sé que estoy bien bueno – riéndose sarcásticamente – ¿qué le puedo hacer?

Se me ocurrieron tantas respuestas, pero era el primer día de clases y no quería verme tan lanzado ni siquiera a bromear; y aunque era clase de 7, nada en mí seguía dormido. Nada.

Lalo y yo eramos compañeros en muchas clases, él ya había cursado un año más que yo y conocía bien el movimiento de la Facultad; con quién había que llevarse bien, cuáles eran los profesores buena onda, de quiénes había que cuidarse. Él, en cierta forma, fungió como un mentor en todo lo referente a socializar durante cuatro años, nos volvimos grandes amigos, de los de buenas parrandas, viajes, campamentos y bares de todas las  notas. No era muy brillante, todos lo decíamos, pero poseía un par de cualidades muy atractivas, visibles a todo el mundo: Sus ojos color miel y una sonrisa fulminante. Le conseguían quizás más de lo que pedía, tenía a más de una persona a sus pies.

Esos años de escuela fueron maravillosos, hice lo que quise y con quien quise. Me serví con cuchara grande en el buffet de la vida. Engordé un poco. El pronto trabajo me apartó de la vida tan social que llevaba con mis amigos, sólo a los más cercanos conservé. La mayoría se casaron, tuvieron hijos rápidamente y casi todos eran padres de familia a los 25. Siempre me llevé mejor con hombres, pero en cuanto se pusieron los respectivos anillos de matrimonial unión, nuestras vidas se separaron aún más. Parecía que esa sortija les prohibía la diversión en todo aspecto, todo se redujo a bautizos, carnes asadas los Domingos –todo muy familiar– y a dormirse temprano “porque al otro día…” Así es la vida.

– ¿Está ocupado?
– ¡Sí! – grité – ¡Ahorita voy!
– Es que tengo que pasar a limpiar licenciado, porque ya me voy…
Doña Bety, tan inoportuna hasta en los momentos más privados en MI baño privado en la oficina. Me resigné a la interrupción, me lavé las manos, me acomodé bien la camisa y la corbata, me sequé el sudor de la frente y salí discreta y directamente al escritorio; debía hacerlo así para no evidenciar nada, esa mujer sabía todo lo que pasaba en esa oficina, peor que cámara de vigilancia.

Eran casi las 6 de la tarde, el cielo se veía aborregado, entre azul y rosa, entre hecho a mano e irreal. Era quincena, hacía calor y yo sólo podía pensar en llegar a casa, quitarme la ropa, darme una ducha y dormir. Pepe había quedado en comprar pizzas, seguro llevaría cervezas también, pues le encanta la combinación, a mi no tanto pero la cerveza me haría dormir muy bien. Un mensaje, inesperado, llegó a mi celular. Es increíble cómo puedes llamar a alguien con la mente con sólo pensarlo. Así de intenso estuvo, que después de, fácil, dos años, Lalo me escribiera. “¿Qué harás hoy? Vamos a chupar ¿no?”, decía. Le llamé, era más fácil y rápido. Quedamos en vernos en mi casa a las 8 y que él llevaría algo para beber, pues realmente lo necesitaba.

Sonaba mal y como es muy directo, simplemente me dijo que ya había valido madres, que se había separado y que necesitaba platicar y ponerse hasta el culo. Literal, eso dijo. Por un momento, la imagen mental que recreaba hacía algunos minutos en el baño, de él y yo en nuestro primer día de escuela – con sus manotas cubriéndose el frente mientras dejaba ver sus piernas grandes y nalgas blancas y peludas – se desvaneció, me sentí mal por él.

Me quité el traje, ya no aguantaba el cinturón, me metí a la ducha tibia y elegí un jabón que hace mucha espuma. Jugueteé con ella, mientras hacía dibujitos en el cancel de cristal. Me sentía inquieto, con esa cosquillita inexplicable y estaba todo listo para consentirme un rato, pero la voz de Pepe anunciando que ya habían llegado, una vez más interrumpió la acción. Me enfundé en un pants y una playera, bastante holgados esta vez.

– ¡Qué onda cabroncito! Uy, hasta acá huele… – exclamó Lalo, mientras se levantaba del sofá para darme un efusivo abrazo.
– Pues ya ves, uno que si se baña dos veces al día… – lo abracé fuerte, lo había extrañado. 
Wey, me dio un susto éste – dijo Pepe, al tiempo que le daba una palmada en la espalda – porque iba a meter una de las cien llaves a la puerta, con las pizzas y los six en una mano, y que llega por atrás y me dice con su vocesota ¿Te ayudo papi? ¡No mames! Casi tiro las pinches pizzas del susto…
– ¿Susto? Dirás emoción, papá…- refutó Lalo.
Wey, a ver ¿Pizza de carnes y otra de camarón contra la voz de cabrón en la oreja en la obscuridad entrando a la casa?
– Obvio ¡Prefiere la pizza! – dijimos al unísono Lalo y yo, bromeando y soltando una carcajada.

Pasamos a la sala, en la mesa de centro pusimos las cajas de pizza, sal, pimienta y ajo en polvo, queso Parmesano y una cerveza para cada uno. Nos sentamos en la alfombra, pues los sillones no eran muy cómodos. Saqué unos viejos discos de vinil, era el “Big Hits – High Tide & Green Grass” de Rolling Stones y “II” de Led Zepellin, eran de mi mamá. Comíamos y bebíamos, mientras platicábamos de nuestro día, nada relevante.

– ¿Y bien? – le pregunté a Lalo, mientras terminaba mi primera cerveza.
– Pues ya valió madre… Ya teníamos mucho peleando por pendejaditas, por pendejadotas. De esas que te cuestionas todo en tu relación y sólo das tiempo al tiempo para que mate todo por propia mano – suspiró y abrió otra cerveza.
Wey ¿y ella cómo lo tomó? ¿y la niña? ¡Porque ya se da cuenta! – interrumpió Pepe, notablemente alterado.
– Pues Ali, ni en cuenta aparentemente; siempre estoy de viaje por el trabajo, de por sí nos vemos sólo los fines de semana, llevamos quince días oficialmente separados y ya llevaba siete en Guadalajara, así que el cambio no lo ha resentido tanto. La otra es la que me preocupa, me duele. Mucho es por mi culpa y eso me atormenta, pero no podía llevar una relación así, eso de las dobles vidas, a mi edad, ya no se me quiere dar – se empinó media cerveza sin siquiera pestañear.

Se hizo un silencio, sólo escuchábamos “(I can’t get no) Satisfaction”, sonaba tan irónico el fondo musical con la situación. Todos hemos vivido una doble vida alguna vez, no entendía cómo era posible que Lalo, siendo tan centrado –aunque desmadroso en la juventud– y cariñoso con su novia de toda la vida, con una hija hermosa y la vida que aparenta ser perfecta de acuerdo a todos los clichés que nos ha vendido el cine y demás medios, estuviera tan decepcionado de toda la experiencia. Conociéndolo tan bien, podía asegurar que si su caso estaba así de difícil, entonces no había esperanza para casi nadie más a mi alrededor. Simplemente no lo entendí.

Terminamos casi las dos pizzas, sobró una mitad, la de camarón. Quitamos los discos de rock y pusimos algo más fresa y relajado. La provisión de cerveza para el fin de semana se había acabado en un par de horas. Hacía calor y teníamos sed. Abrimos la ventana, pues el humo del cigarro ya nos había mareado. Yo no se si por buena o mala suerte, tenía una botella de Tequila guardada; no me gusta su sabor, es muy fuerte y me embriaga más que los demás licores: era lo único que había, no queríamos salir a comprar nada más. Primero mezclamos con soda de toronja, ya entrados, luego “a pelo, a caballo”; total, ya estábamos en el camino alegre.

No tocamos más el tema de la separación, nos dedicamos a decir cuanta estupidez se nos ocurría. Reímos mucho, tanto que dolía más que haber hecho abdominales o una lobotomía.

Se acabó el Tequila, no nos podíamos ni levantar de la alfombra. Hacía mucho calor, pero no era prudente quitarme la ropa, no con Lalo ahí. Ni siquiera decidimos, simplemente arrimó Pepe la mesa de centro, bajó los enormes cojines del sillón y se acostó sobre la alfombra mientras cantaba –balbuceaba– una canción de Mecano. Lalo se levantó al baño, bajé otro cojín y una manta que está siempre sobre el sofá, me quité los calcetines y los aventé por ahí, puse la manta sobre mis pies. Me acosté también a balbucear. Lalo salió y apagó la luz de la sala, dejando sólo la de la barra de la cocina que medio alumbraba la planta baja.

– ¡Ahí les voy! Hagan cancha… – gritó mientras se quitaba los zapatos con los piés – ¡A ver si no me huelen feo las patrullas! Ya no aguanto los zapatitos estos, ni los calcetines…

Se inclinó, se recostó en medio de Pepe y de mi, mientras le quitaba a éste uno de los tres cojines que bajó. Se unió al balbuceo de la canción que estaba por terminar. Dejamos que el disco corriera, con la luz apagada y la música en volumen bajo, el sueño y la borrachera estaban por vencernos.

Nos iluminaba el pequeño foco a lo lejos de la cocina, sólo daba luz ambiental, pero donde estábamos se veía obscuro. Intentaba dormir, escuché que Pepe roncaba ya, supuse que Lalo también estaría dormido, pues dejó de cantar y platicar hacía rato. Aunque con todos los años que teníamos de conocernos, sabía bien que él roncaba quizás peor que yo y que el sueño le vencía más rápido que a Pepe en cada peda. Ignoré esa información.

La manta que cubría mis pies tuve que compartirla con Lalo que, justificado por la inconsciencia y que la temperatura baja al estar ebrio, sutilmente arrebató. Todo estaba en silencio. Sin esperarlo, sentí como sus pies fríos se acercaban tímidos a los míos buscando calor. Sus plantas suaves rozaban con mi empeine, como jugueteando, como esperando una reacción. Mi reacción no fue en el sur, fue en el ecuador; traté de calmar el signo obvio, traté de pensar en otra cosa pero me vino a la mente aquello que muchas veces hice en esas mismas circunstancias con otros amigos en tiempos universitarios; una borrachera, con amigos heterosexuales que se convertían por una noche en heteroflexibles. Eran mi vicio, mi hobbie, era imposible…

– ¡No es posible! No puedo dormir – susurró en mi oído Lalo.
– Ni yo, pero trata, que se nos baje… – contesté de igual forma.

Lalo separó sus pies un par de minutos, mi erección cedió. Asumí que por más parecida a la coreografía de esos chicos fiesteros de la universidad, esta vez, en verdad tenía sólo frío y no se daba cuenta de lo que (me) estaba haciendo. Exactos dos veces sesenta segundos pasaron y Lalo se levantó repentinamente. Se quitó la playera, diciendo que hacía mucho pinche calor y se volvió a acostar. Cuando dejó caer su cuerpo, percibí su aroma: olía a algún desodorante en aerosol de Axe, no logré identificarlo, mezclado con cigarro, alcohol, su característico perfume y aliento a chicle. Levantó ambos brazos, mi cabeza estaba muy cerca de su axila izquierda. Sutilmente volteé hacia él y aspiré, según yo, despacio para que no se diera cuenta.

– Me haces cosquillas… – volteó susurrante y sonriente.
– Tú también con el pié – contesté cínico.

Se dejó que me diera “las tres”, parecía disfrutar el momento. Seguía acariciando mis pies con los suyos. Subía y bajaba por encima de mis tobillos, sentía sus dedos rozando suavemente los vellos de esa parte de mis piernas. Le seguí el juego bajo la manta, En un movimiento ágil, logró que mi nariz estuviera justo a un centímetro de su axila y mi boca a la distancia perfecta para chupar su pezón. Había olvidado que yo lo acompañé a que se los perforara hacía años. Podía percibir el olor de su pecho, peludo y algo abultado. Él tenía “cuerpo de señor”, uno bien trabajado. Lalo estaba inmóvil. Ninguno aguantamos, él se volteó ligeramente para darme acceso a aquella parte rosa, brillante y perforada, mientras que yo me apresuré a sacar la lengua y probar. Posó sus labios sobre mi frente, sentí como soltó un gemido ahogado y directo a mi memoria.

Pepe despertó, sin voltear bruscamente, se talló los ojos y no podía creer la escena. Contempló paciente para no alterar la marea. Sus pupilas estaban dilatadas. A pesar de la poca luz, se apreciaban las siluetas con algunos detalles. Era muy sensual, ver era una de sus fantasías recurrentes. Sintió como de repente se le bajaba la borrachera y se le llenaba de sangre la cabeza. Llevó inevitable e instintivamente su mano derecha por debajo del pantalón. El suave movimiento y el inconfundible sonido del roce de la mano con el precum, llamaron la atención de Lalo.

– ¡Tú, sin pena gordito! Pon la otra aquí… – dijo Lalo con voz baja.
Wey, no mames… – excitado, Pepe contestó, mientras colocaba su mano izquierda sobre el pecho del otro.

No resistí más y comencé a chupar fuertemente el pezón perforado de Lalo, me posé frente a él para estar más cómodos, al tiempo que colocaba mi pierna izquierda en medio de las suyas. Pepe acariciaba lascivamente aquel pecho delicioso, mientras que ambos disfrutaban. Lalo subió el tono. Tomó la mano derecha de Pepe, que estaba empapada, y se la untó en el rostro, aspirando intensamente y pasando su lengua por su palma, Llevó el dedo medio a su boca y suavemente lo mamó, luego desabotonó su pantalón. Guió mi mano derecha desde su pezón hasta el ombligo, luego me concedió libre acceso.

Se sentía el bulto, duro y grande –tal como imaginaba que estaría en circunstancias así, pues ya lo había visto varias veces sin ropa en los vestuarios del gimnasio de la universidad– y no tardó ni un segundo en saltar del bóxer y salir del pantalón. Con mis dedos pulgar e índice, simulé un circulo y comencé a tocarle sin pena alguna. Sentí cómo mojó mis dedos en un segundo, cómo se retorcía de placer. Tuve que probarlo, el olor me llamaba, a Pepe también, había suficiente para los dos.

Sin separar nuestras bocas, que ocasionalmente se encontraban y daban un caliente beso coctelero (*) me las ingenié para pasar mis manos a aquella zona que había visto años atrás en el primer día de clases. Lalo no se opuso, facilitó mi movimiento, mientras él y Pepe seguían en lo suyo. Mi dedo de en medio tocó el perineo, suavemente le di masaje, noté su buena reacción. Lo retiraba ocasionalmente para lubricarlo con saliva y continuar. El movimiento de su cadera me sugería bajar más y lo hice. Sentí esa ráfaga de calor en la yema, me deshice por un segundo al palpar ese pedazo de piel tan suave y extrañamente humectado. Despedía un aroma fuerte y sumamente excitante, ese que sólo los hombres peludos conocemos. Su propia naturaleza me invitó a entrar, fácil y con ganas de más. Parecían unos labios hambrientos y palpitantes que, de gritar, nos habrían dejado sordos.

Estaba viviendo uno de los momentos más eróticos de mi vida, estaba por cruzar una barrera que pocas veces traspaso por respeto a la amistad. En ese momento entendí de lo que le había pasado, todo. En ese instante me quedó claro que “ese” inicio de “coreografía” que conocía tan bien, no había cambiado y me encantaba. En esa hora justa de la madrugada, entre besos y caricias juguetonas, para darle rienda suelta al antojo guardado en secreto por años, nos quedamos sin pantalones.

– Elesban Espinosa. 

El Club De Los Ositos Sin Pantalones – Capítulo 1: “Cuba Gringa”

Estábamos tan aburridos esa tarde, pues llovía sin parar desde hace dos días. Sin poder salir a la playa por órdenes del Gobierno Municipal, decidimos organizar una reunión en el hermoso apartamento que habíamos rentado para nuestra vacación.

Eran las 5:45 de la tarde, el cielo empezaba a tornarse obscuro – es lo malo del horario de Verano – y a invitar a las travesuras juveniles.

Pepe es tímido, pero le gusta tener su diversión; no es tan sociable como todo el mundo quisiera y eso le funciona muy bien, ya que le da un aire de misterio que pocos en nuestro círculo social poseen.

– ¡Wey, estoy viendo una y otra vez el Whatsapp y no sé a quién decirle! Como que todos andan espantados por la lluvia o de plano ya tienen algo mejor que hacer… – comentó con un tono poco alentador.

– ¿Y si le decimos a Marcos y a Johnny que vengan? ¡Que traigan algo de tomar y aquí hacemos algo de comer! Total, ellos sí tienen auto y no tienen que conseguir taxi con tanta lluvia – le dije a Pepe emocionado.

– Pues a ver si quieren y pueden… Les mando un mensaje. – tomó el teléfono apresuradamente y comenzó a teclear mientras yo encendía la computadora.

Pasaron unos diez minutos y no había respuesta por parte de aquellos dos, seguramente vieron el mensaje, mientras estaban tirados en la cama, se vieron a los ojos al recibir ambos la invitación y dijeron “¡Ay, qué hueva!”. Los conocemos muy bien, Teníamos pocas opciones sociales y más de cuarenta y ocho horas de encierro, la paciencia se agotaba. Me metí al baño, iba a tomar una ducha, la humedad del lugar no ayudaba a mi cuerpo ni a mi humor. Abrí la llave, salía muy caliente y el vapor pronto nubló el cuarto; me quite la playera, me bajé los calzones y me metí a bañar. Entre la espuma y el agua, logré escuchar a Pepe que hablaba con alguien. Imaginé que era alguien del servicio del edificio o que pediría una pizza. Seguí con mi ducha, sentía tan bien el agua refrescando hasta el último rincón de mi cuerpo, no quería salir.

– Wey – entró Pepe al baño, levantó la tapa del inodoro, mientras orinaba – ya me hablaron estos dos, que sí vienen, que estaban en el super comprando chupe precisamente para venir con nosotros pero que al bruto de Marcos de le acabó la pila y que Johnny no tenía señal … Y que vienen en unos veinticinco minutos, pero con otros dos cuates de Marcos …

– ¡Aleluya! Pensé que íbamos a quedarnos otra vez a ver in-Utilísima … – dije en voz alta y emocionado.

– ¡No por favor! Prefiero ver el fut, bueno, el Americano… – bajó la tapa del inodoro, se quitó el short y se metió a la ducha también.

Veinticinco minutos después, ya que estábamos frescos y completamente vestidos, se escuchaban voces en todo el piso, y claro, cuatro cabrones de esas dimensiones no podrían tener volumen bajo. Con la clásica “mentadita de madre” de Marcos en la puerta, tocaron. La abrí. Efusivo lo saludé, mientras Johnny entraba presuroso, saludándonos sólo de palabra y rogando entrar al baño de inmediato. Pepe, mientras tanto, le dio la bienvenida a los otros dos chicos. Ambos nos miramos, nos miramos como leyendo la mente del otro: “¡Hola ¿Por qué no los conocíamos?!”, seguro pensamos. Entraron, venían ligeramente mojados, al menos sus chamarras, les ofrecí colocarlas sobre las sillas, cerré la puerta y les indiqué el camino a la cocina – como si hiciera falta, pues era un departamento con un concepto abierto y era muy lógico dónde estaba – me sonrojé, estaba nervioso. Colocaron las bolsas húmedas en la barra y en la mesa, Marcos y yo empezamos a desempacar, mientras Pepe acomodaba las sillas para que nos sentáramos. Los otros dos, tímidos, lo seguían.

– We got some rum and vodka and beers! Hope you guys like the brands … I honestly don’t care that much, I just want to get hammered! – exclamó Johnny, mientras salía aliviado del baño, acomodándose la camisa.

– Juanito ¡No trajimos hielo! – Marcos gritó desde la cocina.

– Wey, no te preocupes, tenemos hielo en el conge y el refri también hace hielitos,,, – dijo Pepe mientras ponía música. 

– Well well well, let me introduce you guys … This is Julio, this is Luis – señalando a cada uno mientras mencionaba su nombre – and I’m Johhny Roquettes, in case these cuties forgot my uncommon name and my burguery-show-girl last name! – hizo una reverencia burlona.

– ¡Mucho gusto, soy Pepe! – extendió la mano, saludó cordialmente a ambos y con su clásico apretón seguro pero fuerte, hizo conexión.

– ¿De dónde se conocen? – pregunté mientras encendía un cigarro.

– Julio estaba perdido afuera de La Isla, no sabía para dónde estaba su hotel y como lo ví con cara de qué pedo, ya me acerqué y obvio ayudé al turista – respondió Marcos, encendiendo un cigarro para él.

– Yeah! He’s so nice to people… Nicer if they are hot! – dijo irónicamente Johnny –  and this one – refiriéndose a Luis – was like zero feet away from the Starbucks by Marcos’ house, so I figured he might be on the upper floor or blowing someone in the restroom, so I went in there and knocked … And there he was! Not blowing anything but his long green straw…

Todos empezamos a reír, aunque Luis se puso rojo instantáneamente por el comentario. Bajó la mirada.

Nos sentamos en el comedor, era para ocho personas, las sillas eran cómodas. Encendimos el aire acondicionado, pues la humedad nos ahogaba un poco, mezclándose con el olor a cigarro y Glade de lavanda que aromatizaba el lugar. Sacamos los vasos, los típicos rojos de fiesta, había bebidas para escoger; incluso había en la alacena ingredientes para hacer cócteles, pero no quise ofrecerme para prepararlos, sería un buzzkill, al menos para mi. Aunque no me salvé de ser el barman, tengo buena mano: no las sirvo muy cargadas, tampoco muy ligeras, pero bien que embriagan a la tercera y de eso se trataba.

Pepe toma tequila, pero también vodka, Vodka con Sprite. Yo prefiero el ron con Cherry Coke, Johnny no había probado esa combinación y me pidió una Cuba – Cuba Gringa, como la bautizó esa noche – mientras que Marcos destapó su Dos Equis y le dio una a Julio. En un intento de brindis eufórico, ambos chocaron tan fuerte sus botellas que la cerveza y la espuma se subieron y tuvieron que beber de inmediato casi todo el contenido; tantito para que no se regara, tantito para ponerse pedos más rápido, Luis no sabía qué tomar, pero se decidió por la Cuba Gringa también, le pareció curioso el sabor del refresco de cola con cereza. Fui a la alacena, traté de no abrirla mucho para que Marcos no viera el arsenal para cócteles y se pusiera de paladar exquisito toda la noche; saqué un frasco de cerezas con rabo, las puse en la mesa y una en cada Cuba Gringa. Se me hizo un buen detalle, se veían bonitas.

Las cortinas del ventanal estaban abiertas, se veía la playa, pero no se distinguía a detalle por la lluvia que comenzaba a ceder. No me había dado cuenta de que la noche había caído frente a nosotros, señal de estar pasando un buen rato, frente a frente todos nos dimos cuenta de que la noche había caído y que estábamos a punto también.

– Do you mind if I …? – sacando una bolsita con marihuana y una pipa.

– ¡Adelante Roquettes! ¿No hay pedo con ustedes? – me referí a Julio y Luis, que aunque sin hielo ya de por medio, no sabíamos nada de ellos y sus costumbres en las fiestas.

– Yo no le entro – dijo Luis.

– ¡Puta madre, yo sí! ¡Salud! – se sonrojó Julio, que estaba sentado frente a Johnny.

– Well well well, then you have to sit next to me July … July, like the month but in Spanish, right? – decía mientras encendía la pipa y fumaba y reía por su broma tan babosa. 

Julio se levantó tímido pero con un aire travieso, como un niño cuando se acerca a Santa Claus en las tiendas departamentales. Se sentó en el lugar que estaba vacío junto a Johnny. La mesa era circular y amplia, eramos sólo seis, nadie más llegaría. Yo era el de “las doce”, junto a mi estaba Marcos, pues como los dos fumamos era más cómodo tener el mismo cenicero y los cigarros a la mano; junto a Marcos estaba un lugar vacío, luego estaba Luis muy quietecito, junto a él se movió Pepe para ocupar el lugar que dejó Julio, otro lugar vacío, luego Julio y Johnny. Johnny me ponía nervioso, y no sé si era por su aroma tan varonil y playero, o por que sabía cómo se las podía gastar, o por que tenía mota. Caía más la noche.

– Wey ¡Ya pon otra cosa! Está padre una hora de punchis para calentar, pero ya basta … – exclamó Pepe, ya con la voz un poco alterada por el vodka, pues a él se le sube rápido.

– Pues tú habías puesto otra cosa ¿no gordito? – le respondí.

– Yo lo cambié por mi iPhone, o sea ¡Nadie se aburre con mi música, sirvientas! – se levantó Marcos, dejando su cigarro mal colocado en el cenicero, mientras medio bailaba con los ojos cerrados al ritmo de su música.

– ¡Ya, ya! ¡Quita a tu Richie-ese-que-no-sé-qué “Jotín” y pon algo más normal! – me levanté, saqué mi teléfono, y elegí una de las listas de reproducción. Le dí su teléfono a Marcos y le dí play.

– ¡Mmm … Ya vas a empezar! – murmuró Pepe mientras a la vez que tomaba un trago.

– Well well well “… My name is Dita, I’ll be your mistress tonight…” – Johnny levantó su brazo derecho, cantó a la par, y llevó su índice a la boca – Now it’s a party, fuckers! Cheers!

Todos brindamos, la canción provocó lo que una burbuja al romperse. Puse precisamente esa lista de reproducción porque sé que nunca falla, desde mis años de universidad que lo compilé, el famoso “Disco Horny” si bien no es para animar bodas, sí sirve muy bien para despedidas de soltero o fiestas casuales. Nada instantáneo sucedió, aunque las piernas me temblaban por momentos de la excitación de lo que podía ocurrir. Brindamos de nuevo mientras avanzaban un par de canciones.

Ya no llovía, Pepe apagó el aire, abrió las ventanas, pues como él no fuma, se sentía sofocado entre los diferentes humos que inhalaba. Sofocado, pero extrañamente desinhibido. Entraba la brisa tibia de la playa, se sentía un alivio a tantas horas de lluvia, se sentía próximo el calor.

Serví otra ronda para todos, hicimos el clásico “full” una vez que entró la brisa por la ventana. Cada quien tomó su bebida y bailábamos sentados, estábamos emocionados con el nuevo aire, con el relleno de licor y con la vista que teníamos no sólo afuera, sino adentro. Luis me pidió tímido otra roja cereza para su bebida, habían diez aún.

– Luisito, you know what they say about cherries and their tails, right? – Johnny preguntó en forma muy invitante al serio y , engañosamente, tierno del grupo, quien sólo se sonrojó y bajó la mirada.

– Wey, todos sabemos … Pero de ahí a hacerlo bien, no cualquiera. El chiste es hacer un nudo perfecto y dejar la cereza también intacta, ahí radica la destreza del buen besador… – intervino Pepe, dejando su bebida y retando con la mirada.

– ¡Yo soy buenérrimo para eso! – me arrebató el frasco de cerezas – No por nada me dicen Marcos “Cherry Lips” Estévez ¡DOCTOR, por favor! – exclamó emocionado – ¿Quién quiere hacerle el intento con mi colita de cereza? – tomó una cereza, la del tallo más largo y la colocó entre sus labios.

– I will!  I’ll set the example and show you how it’s done!

Johnny se levantó de su silla, se acercó a Marcos y comenzó la función. Todos veíamos atentos. Suavemente, y al ritmo de la música, se acariciaban sus labios, era un juego entre viejos conocidos jugando a ser nuevos descubridores e incitadores. Abrían la boca, la saliva delataba el sabor y la excitación; cerraban los ojos, se acariciaban uno el cabello y el otro la barba. Parecía una coreografía muy bien ensayada, no podía haber ningún error o serían la burla del grupo por un momento. Johnny finalmente pasó la cereza, intacta y brillante, de los labios de Marcos a los suyos, éste abrió los ojos y se alejó sonriendo.

– ¡No mames! ¡Nadie le hace el pinche moñito y se queda con la cereza entera y con sabor en su boca! … ¡Brava! – gritó Marcos.

– Thank you baby! I-AM-THAT-FUCKING-GOOD! – guiñó un ojo y mordió la cerezaLouie, honey, you’re next! Don’t think that for keeping it quiet, the spotlight wouldn’t turn to you… And you are doing it with… – señalando al aire y finalmente al elegido – Pepe, he’s right there, handy!

Luis estaba tan rojo como el frasco de cerezas, aunque sabía que esa reunión podría tornarse en algo más que en sólo beber y fumar, su personalidad delataba sus ganas – y al tiempo sus reservas. Sus ojos coquetos, pequeños y negros. autorizaron la jugada. Pepe, muy seguro de su habilidad y técnica, simplemente tomó una cereza y la puso confiadamente en los labios rosas de Luis. Aún sin cereza, Pepe, imaginaba que así sabrían, fantaseó con ellos desde el primer momento en que los vio. Comenzaron su ritual. Se les veía nerviosos, más a Luis, quien tenía las manos pegadas a las bolsas de sus jeans apretados; Pepe consciente del juego y la situación, tomó con sus manos las manos húmedas del nervioso Luis, mientras seguía intentando hacer el nudo perfecto. Todos vimos cuando la cereza paso de una boca a la otra, también vimos la reacción en el frente del pantalón de los dos.

– ¡Sí, sí, muy interesante, brava! Este wey sí sabe besar ¿verdad? – Marcos se refirió a mi descaradamente.

– Sí, es muy bueno el muchacho, competitivo como él solo … – encendí un cigarro pa’l nervio.

– A ver, tú, el seriecito ¿Trompudo o quiere beso? – preguntó Marcos en tono juguetón y desafiante a Julio, quien sólo se concentraba en ver a los otros dos jugueteando mientras discretamente rozaba su rodilla con la de Johnny – ¡Únete a la fiesta y hazlo mas interesante! – le pasó el frasco de cerezas. 

Julio sonrió,

– A ver vatos, comper… – dijo Julio con su acento norteño.

Tomó una cereza, se chupó los dedos sugerente para quitarse el almíbar, la puso en sus labios y sin miedo abrió ligeramente la boca – una boca fina, con los labios carnosos y los dientes frontales grandes y muy blancos – acercó a ambos a una distancia adecuada para juguetear los tres con la cereza. La pasó a la boca de Luis, luego le pasó la lengua suavemente por su barba negra y bien cuidada, mientras Pepe acercaba sus labios cada vez más a los de Julio, sin barba. Éste los acariciaba por la nuca, mientras los demás contemplábamos y fumábamos hasta quemarnos con la colilla de nuestros respectivos cigarros.

– ¡Ay, me pasé la cereza! – apenado, pero sonriente exclamó Luis. 

El momento se rompió, quizás como el calzón de los tres involucrados.

– ¡Pero besan bien ..! – dijo Julio, mientras guiñaba el ojo.

Se separaron y cada quien se sentó en su lugar. Refrescaron su bebida, ya no me ofrecí a hacerlo, ya no estaba en la mejor condición o equilibrio. Miré a Pepe, estaba apenado pero se estaba divirtiendo mucho, lo conocía muy bien. El calor ya estaba en su punto, no entraba ni la brisa. La música seguía incitando a más que bailar. Me acerqué a Johnny y fumé de su pipa, fumé poco, sólo para animarme. La plática random distrajo un poco la atención de lo que acabábamos de presenciar, era el momento de cambiar de velocidades. Tomé la palanca.

– ¡¿Y si nos encueramos?! – propuse con euforia.

– ¡Wey, tu clásico, ya te habías tardado …! – exclamó, con un dejo de ironía, Pepe.

– Pues es que hace calor, normal, de playa…

Me quité la playera, dejando al descubierto mi relleno y velludo frente. Marcos pasó su mano sobre mi pecho, se quedó ahí unos segundos acariciándolo.

– ¡Ya tienes canas gordito! – me dijo con una sonrisa pícara.

– Well well well … A Sugar Daddy in the making! Oh, gimme a call once it’s all silver… Grrr!

Me acerqué a Johnny, le arranqué la camisa a cuadros que llevaba, rompí los cuatro botones que tenía, no nos importó a ninguno, sólo nos prendió. Se levantó conmigo y comenzó a bailar. Su olor me mareaba, reaccioné de inmediato; olía a playa, a sol, a loción fina. Me acerqué más a él, me tomó del brazo, lo levantó y pasó su nariz por mi pecho y llegó a mis axilas; inhaló fuerte, gruñó fuerte y lo sentí también, estaba muy cerca y conocía sus proporciones.

Marcos no perdió el tiempo, dejó su cigarro en la mesa, bebió un poco y se acercó. Se quitó la playera de inmediato, la aventó al suelo y se coló en medio de mi y Johnny. Le gustaba sentir a dos hombres corpulentos y más altos que él arropándolo. Siguió tocando mi pecho mientras que besaba mi barba y se acercaba sigilosamente a mi boca. Al tiempo, juntaba su cadera al estimulado frente de Johnny. Llegó a mis labios, suavemente mordió uno de ellos, el inferior, el más besable, mientras dejaba que otra boca recorriera su nuca.

Pepe nos miraba, pero no estaba seguro de unirse o iniciar su propia fiesta. Luis, después del beso y la cerezas, había estado por debajo de la mesa sutilmente rozando la pierna de  Pepe, ambos sentían esa electricidad, la electricidad única del objeto nuevo. Julio, por su parte estaba deleitado viendo el espectáculo que tenía junto, con su sonrisa pícara y franca, mientras sin pena pasaba su mano derecha por su entrepierna para acomodar lo que era evidente. Su otra mano fue secuestrada por la de Johnny, quien la colocó sobre su redondo y perfecto trasero, dejándose acariciar por las manos un poco rasposas del norteño. Pepe vio esto y fue la señal de lo que debía hacer. Se empinó el trago y, con una mirada de total complicidad, invitó a Luis a unirse al sexteto.

La música climatizaba el ambiente, eramos sólo seis hombres experimentando el toque de otra piel, unos con pena y otros con la justa experiencia para guiar la situación; eramos hombres que compartíamos lo que nadie quiere decir abiertamente, lo que tanto estigma y etiquetas como la de promiscuos ha provocado en los hombres homosexuales, pero que de ser permisible en los heterosexuales, sería una práctica común, como en tiempos de los Griegos, nadie diría nada. Cortados machos por la misma tijera, todos sacados de la misma tela caliente. Cuántos amigos straight, por supuesto con sus gustos y con sus términos, matarían por momentos así y tan sencillamente aceptados…

Ahí estábamos, sudorosos, impregnándonos de nuestros olores. Sentí las lenguas húmedas, olí sus pechos y sus axilas. Bajamos la luz, tomamos más, fumamos más. Sentí manos por encima de lo que quedaba de ropa, pasé las mías sobre lo ajeno también – por delante, por detrás, porque es más divertido – y todas las veces las olí, glorioso aroma a hombre.

No podíamos contenernos más, apretaba la ropa por lo duros que estábamos; queríamos todos de más, más de todos, así que sin incomodidad, todos entramos al club y nos quitamos el pantalón.

– Elesban Espinosa